
La segunda reseña que redactamos para el Taller de Validación y Evaluación fue sobre el texto de Carlos Monsivais, Lo entretenido y lo aburrido, que aparece en el libro Aires de familia: cultura y Sociedad en América Latina.
El concepto que más llamó mi atención de esta lectura fue la dictadura del gusto. El autor la define como el conjunto de premisas estéticas por medio de las cuales la televisión define qué es entretenido y qué es aburrido, y con las cuales mueve el centro de atención de la familia de la interacción social a la expectación, con lo cual se pasa de la convivencia a la soledad en grupo. Son cinco las premisas a las que se refiere el autor:
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Pensar aburre.
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La unidad familiar es indiscutible. Los miembros de este grupo son niños sin importar si tienen ocho o cuarenta años.
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Ocupa un lenguaje básico, que rara vez supera las trescientas palabras. De otro modo se corre el riesgo de que la gente piense.
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La protección de la moral es un deber inobjetable para cumplir con el pacto implícito con la iglesia. Solo los sectores pudientes pueden superar esta censura a través de los sistemas de cable. El resto de la sociedad tiene que conformarse con el la avalancha de contenidos de doble sentido.
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La tecnología prueba que nuestra sociedad ya no vive en el pasado.
Estas premisas pueden verse en la sociedad salvadoreña. Los contenidos que aparecen en nuestra televisión son totalmente enlatados, o en todo caso, producciones propias con formatos ajenos. En ambos casos perdemos como país, porque dependemos de las estéticas de otros.
Ser como ellos
Eduardo Galeano explica en su libro “ser como ellos” que la ilusión que nos vende la televisión y los demás medios masivos es totalmente imposible. Nuestros consumos culturales son cada vez más una imitación de los del vecino del norte, pero este es el único parecido real que tenemos con ellos. No tenemos ni la mitad de las libertades (así es, presidente, no las tenemos), ni la mitad de representatividad en nuestro sistema político. El punto aquí es que no podemos ser como ellos. Incrementar los niveles de consumo requiere de mayores ingresos, y no los tenemos.
Más importante aún que la aceptación de esta realidad, es plantearse la siguiente pregunta: ¿queremos ser como ellos? Responderé como un buen ciudadano del mundo moderno y globalizado: No. ¿Para qué? Existen más de doscientas naciones independientes en el plantea. Cada una tiene su propia historia y sus propias estéticas, unas más conocidas que otras, pero todas las tienen. Además, aún dentro de cada Estado existen grupos sociales con identidades locales (lo que estudiamos en la clase de Vinicio) que a través de sus procesos de interacción y resistencia generan nuevas narrativas, y estoy seguro que también nuevas estéticas. Entonces, ¿por qué casarnos con una sola forma de concebir el mundo? Hay otras producciones ahí. Solo hay que buscarlas. Los lectores de este blog deben saber que en la red hay varios espacios de divulgación de narrativas alternativas. Solo hay que saber buscar.
Aún antes de volver la vista hacia afuera, deberíamos concentrarnos en investigar y sistematizar nuestra propia cosmovisión, tanto nacional como la de las identidades en resistencia. Los productores de TV nacional podrían y deberían aprovechar a los mejores exponentes del arte nacional para crear trabajos propios. Tenemos artistas de todas las ramas (teatreros, pintores, escultores, músicos, escritores). Su creatividad da suficiente para hacer guiones, amrar un elenco, diseñar escenarios, componer temas, y demás necesidades de una buena producción. Un poco de coordinación podría producir a resultados asombrosos.
No quiero que se me malentienda. Propongo crear series, telenovelas, cortometrajes, largometrajes y demás para rescatar nuestra identidad, pero con ello no pretendo defender una identidad inherente e inmutable. Tampoco insinúo que debamos volver a una cultura estrictamente autóctona o folclórica, aunque sí creo que debemos levantar la censura contra los indígenas. Nuestra identidad, intuyo, ha surgido fruto de una relación histórica de sumisión a potencias extranjeras, de la guerra civil que aún tiene sus ecos, de la polarización política, del descontento de los jóvenes con la realidad actual y la brecha generacional, de la interacción con las TIC y la brecha digital, de las migraciones, de la urbanización de la cultura, el contacto con los productos culturales de Estados Unidos y México (sobre todo) y muchos otros procesos. No será la misma que hace diez o veinte años, pero existe, y la producción nacional de televisión sería un paso firme y necesario para rescatarla.
Otra televisión es posible
Ahora que ya entramos en una campaña electoral adelantada, valdría la pena que pongamos en agenda la soberanía comunicacional. En este sentido tenemos mucho que aprender de Venezuela. Existen más de cien radios comunitarias y más de veinte estaciones de televisión también comunitarias en aquel país. También la creación de un canal de información como Telesur me parece sorprendente. Aquí estamos condenados a la misma oferta ideológica con distinto nombre: teledos, el noticiero, cuatrovisión, hechos y demás.
Sé que Chávez no es santo de la devoción de nadie en nuestro medio, pero antes de emitir críticas al respecto, quisiera que se dieran el trabajo de mirar estos dos videos sobre la labor comunicacional en Venezuela. Uno es un documental sobre Catia TV, una de las televisoras comunitarias de allá, y el otro es un programa de análisis de Telesur en el que desmienten las mentiras de los medios conservadores sobre el cierre de RCTV. Si los ven, se darán cuenta que la tele puede usarse con fines educativos. No es “la caja estúpida” de los teóricos de los sesenta y setenta. Como cualquier poder, depende de quién la use y para qué.
El lema de Catia TV (y su praxis comunicacional) deberían producir envidia en los productores nacionales: no vea televisión, hágala. Al develar los misterios detrás de la caja se anula su poder. En esto no me dejaran mentir, nadie de nosotros que estudia comunicación social podrá ver los medios como lo hacía antes de entrar a la carrera.
Así que este es otro reto que tenemos como futuros comunicadores y periodistas: romper la dictadura del buen gusto a través de una praxis comunicativa que no solo entretenga para la inacción, sino que también eduque.




